Noviembre de 2025 en República de Las Letras
Mucho se habló, el noviembre y diciembre pasados, de la última serie de Rodrigo Sorogoyen: Los años nuevos. En ésta se describe la vida misma, las vicisitudes contemporáneas y sus implicaciones en las relaciones amorosas, cada vez menos sólidas por la fragilidad de sus miembros. Estados líquidos caracterizados por anhelos y satisfacciones, tal y como los describió Zygmunt Bauman. En este contexto, el vacío existencialista, del que supimos el siglo pasado, se reinventa en una concatenación de egos, deseos, envidias y frustraciones, potenciadas por las tecnologías y las continuas exposiciones públicas en redes sociales que alienan a todo usuario. El estado de nausea y estatismo, se traduce hoy en intranquilidad vital e inconformismo, síndromes de piernas inquietas y bailes de San Vito acompasados por diferentes drogas o vicios.
En Apuntes para una despedida (2025), de la misma manera que en la anterior, la Nochevieja se refleja como lo que siempre fue, un momento de queimada azul y buen propósito. El relato combina lo íntimo y lo social, entrelazando emociones contenidas, más que expresadas o compartidas, con atmósferas reducidas a sus mínimos. La delgadez de sus protagonistas, libres de espíritu pero pobres en capacidad, asola cada escenario pospandémico que concentra en ellos el foco único de interés: desde el piso abalconado del protagonista a las calles, plazas y parques de Madrid, la ciudad que los unió y de la que ansían escapar. Una huida por necesidad que explora alternativas más drásticas, con los ensueños que ofrece una ventana abierta ya desde la portada. Una constante para el autor, la del suicidio, explorada en algunas de sus obras anteriores: Últimas palabras en la Tierra (2017) y Atila (2022); donde la figura del escritor regresa una y otra vez, donde los finales —descubiertos desde el inicio por el autor para evitar enfatizar en la trama— son punto de partida.
Enfrentados al abismo del progreso, mediado por la muerte del padre y la negación de la herencia, las opciones de libertad se despliegan tan satisfactorias como decepcionantes. La incertidumbre lo devora todo. Y en sus mares de dudas, los amantes se recogen por necesidad, atraídos por un consuelo o escucha, aliviados por una compañía que insinúa arropar y proteger su malestar en una generación sin anclajes educada entre falsas promesas. Sin embargo, los diálogos brillan por su brevedad, la comunicación se retrotrae, los conflictos se gestan en el foro interno y el ombligo vuelve a crecer, girando el pensamiento sobre uno. La primera cita a ciegas dilata la noche en los ojos, los oídos tornan sordos y los tragos saben amargos por la cerveza que induce a un sexo rápido. Erre que erre se obcecan en sus sueños, se alientan en lo improbable y, sin desistir, conjugan tragedia y comedia en todas sus metas malogradas. Algo no funciona y la exigencia económica continúa en aumento: alquiler, trabajo, veterinario, bancos…
Las parejas —que dudan, incluso, estar donde deben— se embeben en falsas convicciones, tanto que ni pierden la certeza de una muerte anunciada, laicas providencias infundadas en la inseguridad y en la desidia determinista. Una culpa extraña, la nueva versión del pecado original, que augura finales cercanos y que contagia la terrible sensación de no ser merecedores de la felicidad de la que disponen algunos. Después algo se rompe, el desequilibrio se evidencia y la creencia mencionada se hace carne. ¿Cómo sucedieron las cosas? ¿De qué modo llegamos hasta aquí? ¿Quién nos robó el mes de abril y los siguientes? Así, el recuerdo brota en ráfagas, queriendo reconocer los errores; mientras la banda sonora compartida resuena (sea Nacho Vegas, Elvis u otros) y el deseo de una ruptura conciliadora se impone, con ánimo de alcanzar cierta paz y de resarcir posibles malas conciencias. Serena cierra la novela con el summum de la poética milenial, concluyendo la historia de otros años nuevos, que son los mismos. Y es ahí donde la obra cobra mayor fuerza y violencia, en el desenlace previsto para nuevos futuros. Una narración cruda y desapacible, realista a más no poder, que remueve el estómago por la cercanía y entristece. La descripción de una generación que negó un relato e instauró otro sin saberlo, cayendo en la misma trampa que pretendió esquivar. Ojalá las cosas fueran de otra manera.
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