Vidas entretejidas

Septiembre de 2024 en Cuadernos Hispanoamericanos

Leía lo nuevo de Miguel Munárriz cuando recibí por correo electrónico un artículo de Félix de Azúa sobre el reciente libro de relatos Por así decirlo de J. Á. González Sainz. Se preguntaba Azúa por el género literario al que pertenecería el texto anterior, si está compuesto de apólogos, fábulas o parábolas, concluyendo a favor de estas últimas. Leía a Munárriz y leía a Azúa, e inevitablemente pensaba en el libro del primero desde la reflexión del segundo sobre aquel tercero, algo que me incitó a pensar de qué manera cabría catalogar Empeñados en ser felices. Son muchos los ensayos que recorren de voz a voz, de nombre a nombre, los escritores más celebrados para sus autores; como, de algún modo lo hacen, Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas o Raros como yo de Juan Manuel de Prada. Recuerda también a recopilaciones semejantes de prólogos o artículos, a saber, La verdad de las mentiras de Vargas Llosa o el póstumo Sombras y bultos de Dionisio Ridruejo; sin olvidar algunos procedentes de blogs: El coleccionista de asombros de Rafael Narbona o La escritura contra el tiempo del mismo Munárriz, ambos de 2021. De hecho, alrededor de una quincena de textos del anterior son recuperados, fusionados y corregidos en esta nueva publicación, ampliada y orientada desde una perspectiva más vital e íntima. Si bien el libro no tiene aspecto de diario, permite construir y dar cuenta —con desarrollo natural, lineal y no cronológico— de una experiencia plena de dedicación y de amistades. Se trata, por tanto, de un tipo de memorias muy concretas, centradas exclusivamente en el dilatado encuentro con autoridades de la cultura como destacaron, en la generalidad de las suyas, Julián Marías o Pablo Neruda, al recordar a Jorge Guillén y Salvador de Madariaga o a Federico García Lorca y Rafael Alberti, respectivamente.

El niño, la calle y el juego de La escritura contra el tiempo son sustituidos en Empeñados en ser felices por la madurez, el hogar y las labores. Un cambio de mirada que torna de fuera para dentro, de la confesión realista a la vivencia subjetiva, del retrato fotográfico al recuerdo colorido y —por definición— ficcional. Así lo muestra la propia portada, con el escritor suspirando de espaldas y ante el mar, como lo hace la Muchacha en la ventana de Dalí, con la misma mirada nostálgica que exige esta “crónica sentimental”. Dentro encontramos el retrato de Munárriz, mirando de frente al lector a través de dicha ventana, compartiendo —desde su presente— encuentros, sobremesas y viajes. Anécdotas inéditas y desconocidas que guardan un sentido homenaje a quienes considera clave en sus andanzas profesionales, más aún, vitales, porque el libro atraviesa su existencia por todo costado: como autor, librero, agente, editor y gestor cultural. El contexto se define en las primeras páginas, a través de un barrido por sus inicios, para después exponer un largo listado de personalidades con quienes trató o no llegó a tratar o incluso duda saber si alcanzó a tratarlos, como le ocurre con Erri De Luca.

Es una forma de unión, una especie de suerte. El libro que se abre para ofrecernos mil y una aventuras, lo hace hoy para dar a conocer los lados más cercanos de muchos de quienes han sido fundamentales en la historia cultural de este país. Por unas horas, podemos fumarnos un habano Rey del Mundo junto a Cabrera Infante, comernos unas fabes en casa de Vargas Llosa, bebernos unos güisquis J&B on the rocks con Ángel González, conversar largo con Caballero Bonald… Recuperar a tantos que nos dejaron: Tellado, Umbral, Escohotado, Martín Gaite, Fernando Marías… Accesos de conexión, redes del pañuelo del mundo que nos unen y hermanan, como defiende la teoría de los seis grados de separación de Karinthy. Y Azúa me une a J. Á. González Sainz, y J. Á. González Sainz me une a Azúa, y ambos me unen con Munárriz, igual que la lente de Mordzinski lo unió a Cortázar o el calendario le une con especial casualidad a Pedro Salinas. Y todos nos unimos en la literatura: por algo es el mejor antídoto contra todo. De este modo, avanza Empeñados en ser felices, con agradecimiento y gesto amable ante lo ya vivido; con Munárriz despidiéndose de espaldas, con la misma camisa remangada y delante de una ventana repleta de libros que auguran un futuro hambriento por descubrir; con el lector, asomado de frente a las últimas páginas, paciente por conocer más testimonios y deseoso por conectar con nuevos maestros que lo sigan iluminando.

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